La genética detrás del amor romántico.
¿Es el amor un misterio insondable o simplemente una coreografía de moléculas perfectamente sincronizadas? Aunque la poesía nos hable del alma, la neurociencia y la genética sugieren que el "flechazo" y el compromiso a largo plazo tienen sus propios planos arquitectónicos tanto en nuestro ADN como en nuestro cerebro.Los tres pilares químicos del afecto
La ciencia ha identificado tres sustancias clave que actúan como los "motores" biológicos del apego y el amor romántico:
Dopamina (del sistema de recompensa), responsable de la euforia y de la motivación intensa en las primeras etapas del amor. Estudios con fMRI muestran que ver la foto de la persona amada activa áreas ricas en dopamina, como el área tegmental ventral (VTA), que también se activan con estímulos de supervivencia básicos.
Oxitocina (la hormona del "nosotros"): fundamental para la formación de vínculos y la confianza. Se ha observado que los niveles de oxitocina son más altos en parejas nuevas y se mantienen en aquellas que superan los seis meses de relación.
Vasopresina (el guardián del vínculo): Crucial para el mantenimiento del vínculo a largo plazo y la fidelidad. En modelos animales, como los ratones de pradera, la vasopresina convierte a un individuo solitario en una pareja devota de por vida.
¿Está el amor escrito en nuestros genes?
La respuesta corta es: en gran parte, sí. Variaciones específicas en nuestros genes pueden influir en cómo experimentamos las relaciones: variantes del receptor de oxitocina (OXTR): Ciertas variaciones (como el alelo A del gen rs7632287) se han asociado con una mayor probabilidad de crisis matrimoniales o una menor percepción de la calidad del vínculo.
El gen del receptor de vasopresina (AVPR1a): Estudios en humanos revelan que las variantes de este gen están ligadas al estatus marital y a la estabilidad de la pareja.
Dopamina y fidelidad: El gen receptor de dopamina DRD4-7R se ha vinculado con la búsqueda de novedad, lo que en algunos casos puede relacionarse con una mayor propensión a la promiscuidad o la infidelidad.
Para entender estos procesos, los científicos han estudiado a los ratones de pradera (Microtus ochrogaster) y a los monos Tití, especies raras entre los mamíferos por ser socialmente monógamas. Estos modelos nos enseñan que el amor romántico humano pudo haber evolucionado a partir del sistema de apego entre madre e hijo, "secuestrando" los mismos mecanismos biológicos de cuidado y protección para aplicarlos a la pareja.
Conclusión. Aunque los genes no determinan nuestro destino final, sí nos proporcionan el "set de herramientas" con el que construimos nuestras relaciones. Entender que el amor tiene una base biológica no le quita magia; al contrario, resalta la increíble sofisticación de nuestra especie para buscar la conexión y la compañía.
Por América Nitxin Castañeda Sortibrán, Marco Antonio Carballo Ontiveros y Zeltzin Muñoz Juárez.




0 comentarios:
Publicar un comentario