02 julio 2026

Despidiendo a mamá.

Publicado por Nitxin jueves, julio 02, 2026

 Despidiendo a mamá.

El pasado miércoles 24 de junio de 2026, el mundo se detuvo para nuestra familia. Mi mamá falleció. Sin embargo, en esta ciudad, ni siquiera el duelo puede escapar del caos urbano, de la rigidez institucional y, paradójicamente, de ese asombroso surrealismo mexicano que nos obliga a reír para no desmoronarnos.

Vivimos cerca del Estadio Azteca, y esa tarde el rumbo era un hervidero absoluto: las selecciones de México y la República Checa, se enfrentaban en la cancha del coloso en un encuentro correspondiente a la fase de grupos de la Copa Mundial de la FIFA. Con el dolor a cuestas, la urgencia en las venas y la zona completamente colapsada por el evento mundialista, nos topamos con un muro invisible: la Calzada de Tlalpan y el Viaducto Tlalpan estaban cerrados. Llegar a su casa fue una odisea contra el reloj, la marea de aficionados y el tráfico; un primer obstáculo en una cadena que parecía no tener fin.

Al llegar, la escena médica reflejaba la complejidad de sus últimos momentos: oxígeno, suero y una sonda colocada por un médico sin la autorización de su geriatra. Cuando llamamos a los servicios funerarios del ISSSTE en San Fernando, la respuesta fue un balde de agua fría: "No podemos pasar". Ante la imposibilidad del servicio público de llegar por los bloqueos viales, tuvimos que tomar la decisión de contratar una funeraria particular.

La instrucción oficial inicial fue tajante: No muevan nada. El forense debía revisar minuciosamente que los aparatos e insumos que mamá tenía puestos coincidieran exactamente con la receta médica. Ante las demoras institucionales, recurrimos también a un forense particular. Esperábamos a una autoridad estricta, pero el sistema nos envió un personaje digno de una de nuestras crónicas urbanas. El forense llamó presumiendo que tenía una motocicleta y asegurando que él podría llegar a casa de mi mamá pues,"las podía todas". No obstante, la audacia le duró poco; al rato me habló nuevamente por teléfono para decirme que ya no le daba tiempo, la rigidez del protocolo se disolvió.

El chofer de la carroza particular tampoco se quedó atrás en el absurdo. Atrapado en el caos vial derivado del partido del Mundial, llamó: "No puedo pasar, ¿cómo le hacemos? Dijo, pues me llevo el cuerpo, lo embalsamamos y se lo entregamos mañana". Fue en medio de ese colapso logístico, cuando el chip del imaginario colectivo mexicano se activó. Me vino a la mente la película Mecánica Nacional y el personaje de Sara García, aquella entrañable abuela que fallece de manera repentina por una congestión estomacal.  En medio del caos vehicular, termina siendo trasladada sentada en un auto. De pronto, imaginar a mi mamá en una situación similar, cruzando los bloqueos de Tlalpan entre ríos de aficionados, como en una comedia de los años setenta, me provocó un esbozo de sonrisa. Era una escena completamente surrealista.

Estábamos atrapados en esa extraña burbuja de asombro cuando la realidad nos dio un golpe seco. El empleado de la funeraria interrumpió el momento: "Hay que pagar". Mi hermano y yo nos miramos fijamente. "¿Quién va a pagar?", preguntó él. En ese instante, suspendida entre el absurdo, el cobro inmediato y la pérdida, de verdad no sabía si reír o llorar. Finalmente, la burocracia particular se resolvió y llevaron a mamá, protegida en un saquito.

La risa como válvula de escape: Nuestra ciencia del dolor. Vivir una noche así me hizo entender por qué, en México, contar chistes en un velorio no es una falta de respeto, sino un mecanismo de defensa vital y una profunda tradición cultural. Recordé la vez que fui con mi mamá, mi esposo y mi tío Búlmaro al velorio de mi tío abuelo Herminio. Él estaba tendido sobre un petate y, a sus pies, había una cruz de crisantemos. En medio de esa escena, mi mamá se puso a contarle chistes y anéctodas curiosas de mi tío abuelo, a mi tío Búlmaro; yo, simplemente, no daba crédito a lo que presenciaba, aún así, me uní al sentimiento de alivio de sentirnos vivos, de reconocer que los muertos viven en nosotros y que recordarlos en sus mejores momentos, nos reconforta.

Me quedo con una de las últimas frases que me dio mi mamá, Esperanza Sortibrán Dávila: 

"Tengo todas las palabras de amor que hay en el mundo, para ti"


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